No se conoce con exactitud la historia de estas danzas. Posiblemente sean celtibéricas y  su origen puede remontarse a las danzas guerreras de nuestros ancestros, celtas y celtíberos. Con el paso del tiempo, se han convertido en danzas religioso-guerreras. Se realizan en las festividades de las Candelas y de San Blas al finalizar la misa en el interior de la Iglesia.

 

Pilar Andrés Rebollar escribió en su libro "Etnografía y Folklore" que lo que tradicionalmente fue popular y se bailó por pastores trajeados de paño, D. Juan Manrique de Lara y su esposa Dª Ana Fajardo "Señores de San Leonardo por la gracia del Rey D. Felipe II", las transformó en vasallaje para asimilarlas a corte, gala o servidumbre de su misma casa. Fueron estos nobles, quienes dieron a los danzantes traza e indumentaria de Majos del siglo XVIII, con chaquetillas o chambras adamascadas, chaleco rameado, faja de seda, pantalón rojo de paño, blanca camisa con remates, pechera y puño de puntilla, medias blancas y zapatos negros con hebilla de plata, y para adornar la cabeza un pañuelo charro.   

 

Tal debió ser el prestigio, categoría y dignidad con la que las danzas se representaban que los danzantes salían a escena asistidos o escoltados por cuatro maceros.   

Suprimidos posteriormente los maceros, no fue el caso de la lanza que aún se utilizó como objeto incorporado al menaje mítico, simbólico y escénico de la noble danza pastoril y guerrera con talante de ofrenda ceremonial.

 

Actualmente, ya no es así, no hay indumentaria de pastores ni escolta de lanceros con castos macizos de plata en la testa, aunque lo que sí permanece es el traje del siglo XVIII. 
Se sabe que las danzas se bailaban y ofrecían a la virgen del Rosario para posteriormente hacerlo a la Virgen de las Candelas y San Blas.

Las danzas son once, cada una con su música y letra, pero en la actualidad no se cantan, la música de las danzas se interpreta con dulzaina, seguida por un redoble de tamboril.

 

El número de danzantes es de ocho, asistidos por dos “bobos o zarragones”; se colocan en dos filas de cuatro, mirándose; al iniciarse la música saltan, cambian de posición, se agachan, etc. (según los pasos de cada danza), al tiempo que dan golpes rítmicos con el palo de madera de acebo que llevan en la mano. Para bailar las tres últimas danzas se utiliza un palo y una cobertera pequeña, a modo de escudo de madera en la mano izquierda.

 

Finalizadas las danzas, una procesión dará término a este rito ancestral. En la procesión, danzantes y pueblo bailan frente a San Blas y la Virgen del Rosario (que se convierte en estos días en La Candelaria) con ardor y alegría, sirviendo de nexo de unión entre lo sagrado y lo profano.     


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